Para mi nadar tiene una respuesta diferente en diferentes etapas de mi vida.
Cuando tenia 6 años nadar era mi nuevo deporte, el cual mis padres me llevaban para hacer amigos y ejercitarme fisicamente.
A los 10 años nadar era lo peor, muy seguido quería faltar para jugar con mis amigos de la escuela y estuve muy cerca de cambiarme a Rugby.
Para mis 12 nadar empezó a tomar otro sabor. Esa actividad física que empece 6 años atrás, se había convertido en mi lugar donde me sentía invencible. Nadar era un juego, el juego de que tan rápido puedo nadar en el agua.
Durante mi adolescencia nadar fue una relación de amor y odio. Amor por los momentos de competencias, amistades, viajes y juegos; y odio por los viajes de la escuela que no pude ir, las noches con amigos que me iba a dormir temprano y esos entrenamientos que me hacían vomitar todo mi almuerzo.
A los 20 años nadar fue mi medio para conseguir una educación universitaria. La actividad física que empece de chico, y que tanto me gustaba hacer, resultaba ser un ticket dorado a una vida nueva lejos de casa.
A mis 24 años, nadar, esa actividad física que comenzó siendo solo eso, una actividad, se convirtió en mi profesión. Nadar, Comer, Dormir, era mi ciclo diario. Todo lo que hacia giraba en torno a como puede esto ayudarme a ser mejor dentro del agua.
Hoy, con 26 años, siento que nadar es salud. No es solo una excelente actividad física, sino la oportunidad de crecer, no solo como deportistas pero como personas.
Nadar nos permite expandir nuestros limites.
Nadar nos permite hacer amigos.
Nadar nos permite enfrentar nuestros mayores miedos.
Nadar me hizo quien soy.


